Eso es lo que pensaba yo hace un
mes, hay ciertas variables en mi vida diaria que son inexistentes; ni una pizca
de suerte… ni una pizca de confianza.
Cuando no tienes ni suerte, ni
confianza, cualquier decisión se vuelve más personal que el resto, todo y cada
una de las cosas que hacen dependen de la misma persona: uno mismo.
A veces, intentas tener confianza
en esas personas que aparecen en tu vida, sin embargo por mucho que lo intentan
o lo intentas, parece que ese valor añadido a las relaciones sociales no
existe. Sin embargo, un buen día, un completo desconocido puede ofrecerte un
abanico de posibilidades, entre ellas: la ansiada confianza.
Esa confianza, se
adquiere, de la manera más cotidiana e inesperada, encuentras esperanza en
todos esos pequeños detalles. Surgen los problemas, cuando esa confianza se va
desvaneciendo, cuando hay peligro de que “eso” deje de existir. Tienes dos
opciones; ignorar ese momento o luchar.
Supongo que las personas,
valoramos en ese instante lo que más nos conviene, yo siempre he sido más de
luchar, a pesar de rendirme en numerosas ocasiones. Esto ocurre, cuando no
tienes suerte, las cosas las tienes que pelear.
Cuando esa confianza se tambalea,
aparece el miedo, el miedo a perder. Ese miedo que en ocasiones te hace sacar
lo más irracional de uno mismo. Personalmente, empiezo a ser más ilógica de lo
normal, y eso creedme es un “papelón” para quien lo sufre. No hay nada peor,
que hablar con alguien que no entiende NA-DA. Aunque parezca cómico, e incluso
en otras ocasiones sería así, es una situación poco recomendable…
Sin embargo, cuando confías en
alguien; familia, amigos, pareja, es uno de los mejores momentos que hay en la
vida. De esos pequeños que ni se compran ni se venden porque son únicos.
En ese momento, el cielo y la
tierra se convierten en uno, parece que todas las estrellas se alinean a favor
de uno con un único objetivo: que seas feliz.
Confiar para creer. Creer para
crear. Crear para soñar. Si puedes soñarlo puedes hacerlo.
