Al fin juntos, había pensado él .Después de tanto tiempo, de tantas
alegrías y tantos sufrimientos, todo hay que decirlo, estaban juntos. Una
relación... especial, cuando menos. Tantas cosas por hacer, y tan poco tiempo
para hacerlas... pensó él con una punzada de angustia en el corazón...
-Quiero que dejes volar tu fantasía, quiero descubrir hasta donde llega tu atrevimiento.
-Quieres decir... ¿que tengo carta blanca sobre tu cuerpo?
-Ja ja ja... no, listillo. Quiero decir, que estoy harta de escuchar... lo mucho que me harías sentir, y luego todo queda en palabras...- Su tono era provocador, ella lo sabía.
-Y... ¿qué propones?
-Mira, te propongo un juego... Tiraré una moneda al aire, si sale cara ganas tú...Y tú decides donde vamos y que hacemos. Si sale cruz, seré yo la que decida qué hago contigo esta noche, ¿vale?
Nuevamente volvieron a reír y con un gesto de aprobación dijo él...
-Venga lanza la moneda, ¡pero recuerda, si gano, esta noche mando yo! Y tú harás "todo" lo que yo quiera.
La noche perfecta, la arena de la playa se estaba quedando fría tras el bochorno del día. Y un manto de estrellas encima de ellos era testigo de su juego.
-Entonces, - dijo ella - ¿estás de acuerdo? si sale cara decido yo ... si sale cruz decides tú.
Volvieron a reír... ella pensó por un momento en las ganas que tenía de besarlo, de que sus brazos la abrazaran, de notarlo pegado a ella. De que el sudor de sus pieles se fundiese en uno solo. Se abrazaron mientras salían de la arena y se acercaban al jardín.
-¡Lanza la moneda al aire, pesada!...- Dijo él deseoso de ver lo que esa moneda dictaba. La moneda, algo pequeña para esa oscuridad de la noche, fue a caer debajo de aquel banco de piedra donde habían estado sentados momentos antes. Él, asomándose, la recogió.
-Presiento que esta noche alguien ha perdido el juego, - habló con un brillo de triunfo en la voz, y una luz especial en los ojos.
No hubiera hecho falta ningún adivino para darse cuenta que el ganador se llevaba el mismo premio que el perdedor, era el juego ideal, los dos ganaban, ninguno perdía.
El lugar era agradable, romántico... El deseo de pasar aquel momento juntos era recíproco, estaba anunciado.
-Te pondré esta venda de seda en los ojos, no te muevas hasta que te lo diga. – dijo él mientras le anudaba con cuidado el trozo de seda negra en la cabeza, y sus brazos abarcaban toda su figura.
Las caricias que compartían eran una comunicación entre ellos. De sensaciones y sentimientos hacia la otra persona.
Pero esas miradas mientras se acariciaban, esos piropos susurrantes era
todo un juego de placer que provocaba en ella, suspiros y palabras
entrecortadas al oído de él. Poco a poco, sintió como la brisa del mar dejaba
de envolverla, entraban en la casa, y un aroma de incienso le acarició la cara.
-Abre los ojos.
Ella se quedó sin respiración. Su mirada recorrió la habitación en penunbra, caóticamente iluminada por docenas de aromáticas velas. Todo eran puntos de luz por todos los sitios donde escasamente pudieran sostenerlas. Al menos una, por cada vez que había imaginado este momento, pensó. Al menos una, por cada vez que yo lo hice sufrir. Al menos una, por cada vez que él me hizo llorar.
El ambiente era espeso. Casi se podía cortar con un cuchillo. Casi sentía miedo de romper cualquier pequeño detalle de aquella puesta en escena que su amante le había preparado y despertarse de pronto para comprobar que todo había sido, nueva y fatalmente, un sueño.
-No me gusta perder en el juego, y tú siempre me ganas, ¿recuerdas?,- dijo ella casi sin respiración - pero reconozco que en esta ocasión no me importa pagarte tu premio.
-¿Ah sí?...pues que sepas esto solo acaba de empezar...
Sus labios se juntaron mezclado sus sabores y por un momento el tiempo se paró para ellos. La apuesta era ella... y el premio lo estaba pagando. ¿O lo estaba cobrando?.
Tumbados en la cama, él al lado de ella, recorriendo cada centímetro de su cuerpo, su rostro sus manos, sus brazos. Su cuello, sus hombros…
La acariciaba con una tranquilidad y suavidad que la hacia temblar y vibrar. Al mismo tiempo, estaba intensificando ese momento, y mirándola a los ojos, él podía ver que le gustaba.
Mientras, las manos de ella se perdían por su espalda, por su pelo por todo su cuerpo. Desvistiéndose el uno al otro sin prisa, poco a poco... jugando al juego definitivo. Al momento en que el mundo desaparece y solo existe un hombre y una mujer.
-Quiero oír de tus labios que me quieres, mientras esos ojos azul bolsa de basura miran a los míos.- dice ella mientras sus cuerpos son uno. La intensidad del placer empieza a invadirles aumentando a pasos agigantados.
Con los ojos sin quitarlos de su mirada, al oído, y con aquella voz susurrante que la vuelve loca, dice...
-No es lo mismo escribírtelo que decírtelo. Te quiero. Son solo dos palabras, ¿sabes?, pero encierran todo un mundo dentro.
Ella se ríe feliz.
-Yo he sido el ganador de este juego, y ahora que te tengo casi tocando el cielo quiero oírtelo decir a ti también.
-¿Casi tocando el cielo? vaya creído... - pero mientras decía esto un ¡ay! se le escapaba...- Solo te lo diré si tú me lo dices otra vez. Oírtelo decir de tus labios es el mejor regalo para mí.
Sus caricias, sus besos, aumentaban a cada segundo y sus respiraciones
anunciaban el final del juego del amor. Las palmas de sus manos se unieron en
ese instante... justo en ese mismo momento de placer completo. Y sí, su sudor formó
al fin uno solo mientras sus cuerpos se unían de forma inseparable.
De sus bocas salieron un "te quiero" al unísono acompañando a su nombre. Rieron, la noche era oscura, y la luna pudorosa y recatada, ya no estaba presente mientras ellos jugaban en aquella habitación al juego del amor.
Al alba, él despertó y notó la cama vacía a su lado. Una sensación de opresión le desgarró de nuevo el vientre, mientras notaba el peso de la duda en su pecho. Se levantó despacio, como si cada paso que diese le acercase más y más a la desesperanzada realidad de un nuevo abandono. Entró con paso vacilante en la cocina.
-Buenos días, mi vida. – la voz sonó a música celestial en su oído. ¿Dios, cómo puede sonar tan angelical una voz? se preguntó.
Apenas pudo balbucear un hola mientras admiraba su grácil silueta apenas velada por una de sus camisas recortándose contra el azul del cielo mediterráneo. El cielo y el mar en la ventana, ella en la casa y la risa del sol en sus ojos. La felicidad no era una quimera.
Al fondo de la cocina, una mesa decorada con un jarrón en el centro, de rosas recién cortadas de su jardín, (casualmente la flor preferida de ella). Y un desayuno completo donde el zumo de naranja no podía faltar.
- ¿Cara o cruz?. - Preguntó ella mientras esbozaba una pícara sonrisa-